lunes, 03 de agosto de 2020
Biblioteca de Silos. Norberto sentado

Mártires del siglo XX en España

Mártires del siglo XX.

            Homilía del cardenal Angelo Amato en la ceremonia de beatificación de cuatro mártires benedictinos, el 29 de octubre de 2016, en la catedral de La Almudena, en Madrid.

            La santidad es la más bella corona de la Iglesia. El anciano sacerdote francés P. Jacques Hamel, decapitado en Rouen, en Francia, hace tres meses (el 26 de julio de 2016), durante la celebración eucarística, anhelaba de todo corazón la santidad. En uno de los últimos boletines parroquiales de este año, el P. Jacques hablaba de la santidad como la vocación de todos los bautizados. Para él los cristianos, no obstante, las inevitables tormentas de la vida, pueden mantener el buen camino gracias a una fe alimentada por los sacramentos y la oración, por el servicio a los pobres y por el abandono en Dios. Es él quien nos hace santos. ¡No tengamos miedo a la santidad! El P. Jacques no ha tenido miedo a la santidad y no ha tenido miedo tampoco al martirio.

            Tampoco los nuevos beatos han tenido miedo a la santidad, a la cual la vocación benedictina les llamaba cada día mediante la oración, el trabajo y el sacrificio. Los PP. José Antón Gómez, Antolín Pablos, Rafael Alcocer y Luis Vidaurrázaga no han tenido miedo tampoco al martirio, es decir, a la ofrenda de la vida como supremo testimonio de fe. Tenían bien presentes las recomendaciones de la Regla benedictina que dice: no devolver mal por mal. No hacer injurias, sino soportar pacientemente las injurias recibidas. Amar a los enemigos. No maldecir, sino más bien bendecir a los nos maldicen. Sufrir las persecuciones por la justicia (RB 4, 29-33).

            Así lo hicieron nuestros cuatro mártires. No se rebelaron ante sus verdugos. Eran conscientes del peligro que corrían. Fueron fusilados en su patria, por españoles como ellos. Fueron matados a sangre fría no porque eran malhechores, sino porque eran sacerdotes. Y afrontaron la muerte con fortaleza cristiana. Uno de ellos, el P. Antolín, que ya había huido en 1918 a la persecución mexicana, fue capturado y conducido al suplicio con otras cuatrocientas treinta personas. Murió gritando ¡Viva Cristo Rey!

            Nos preguntamos ¿cómo fue posible que hombre mansos, inermes e inocentes hayan sido brutalmente maltratados y bárbaramente asesinados?

            El clima sociopolítico de los años 30 del siglo pasado en España se caracterizó por una manifestación sin precedentes de terror contra la Iglesia católica. Fue una persecución cruenta, que incendió, profanó y destruyó iglesias, monasterios, monumentos y tesoros artísticos inestimables. En el ciclón revolucionario explotó también el odio contra las personas -obispos, sacerdotes, religiosos, laicos- que había que matar y aniquilar sin dejar huellas, con o sin procesos sumarios.

            Creo, sin embargo, que, con los ojos de la fe, se pueda ver en este horror la momentánea supremacía del reino del mal, hecho de odio y de conflictos, sobre el reino de Dios, que es reino de paz, de justicia y de amor. En aquel período, como recuerda el evangelio antes de la muerte de Jesús, el sol se eclipsó y hubo tinieblas sobre la tierra (Lc 23, 44). El enemigo de Dios, por breve tiempo, logró desplegar su fría ala de muerte y de hostilidad fratricida, bañando de sangre inocente esta tierra bendita de mártires, de santos, de misioneros. No se puede explicar de otro modo la obcecación de los verdugos, que parecían haber sustituido el corazón de carne por un corazón de piedra lleno de rencor y de muerte, convirtiéndose en lobos sanguinarios a la caza de corderos inocentes.

            Nos preguntamos ¿por qué la Iglesia reabre esta trágica página de la historia? La Iglesia relee estos años de sangre por un doble motivo. Ante todo, porque quiere conservar la memoria de los justos, el recuerdo de su testimonio de bien y no de la injusticia que han sufrido.

            Los cuatro monjes eran, de hecho, personas buenas y mansas. Del P. José Antón Gómez un biógrafo suyo dice que era una persona sonriente, aguda, culta, que se desvivía por los demás. La caridad, la compasión, la dulzura con los pequeños y los jóvenes durante las clases y en la dirección espiritual, abría horizontes de bondad. Dice un testigo: en el confesionario era para las almas el maestro, el padre, el santo. También del P. Antolín Pablos se dice que era moje en la celda, en el confesionario y en la biblioteca. Como misionero en México, había huido milagrosamente de la persecución comenzada en aquel país en 1914. Estaba siempre disponible para los numerosos fieles que pedían su consejo. El madrileño Rafael Alcocer, hombre culto y amante de la liturgia, erar un orador y escritor brillante. También el P. Luis Vidaurrázaga, el más joven de los cuatro, era de carácter noble y sincero. Apreciado predicador, era, sobre todo, un apóstol de la Eucaristía.

            Los cuatro benedictinos de Silos, del monasterio madrileño de Montserrat, se añaden hoy a los 1.600 mártires beatificados por la Iglesia a partir de 1987. Es una escuadra inmensa de fieles, que ha sacrificado su vida para impedir la descristianización de España.

            Pero hay un segundo motivo. La Iglesia quiere amonestar a todos, creyentes y no creyentes, a no repetir más esta historia de horror y de muerte, sino a crear cada día gestos de vida, oportunidad de encuentro, actitudes de acogida y de comprensión. Siguiendo el ejemplo de los mártires, la Iglesia invita hoy a todos a vivir según las bienaventuranzas evangélicas, calmando la sed de la ciudad hombre con el agua cristalina del perdón, de la mansedumbre, de la fraternidad, de la alegría.

            Con san Pablo, también él mártir, debemos repetir cada día: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Tal como está escrito, por tu causa estamos condenados a muerte cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todas estas cosas vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Estoy de hecho persuadido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni futuro, ni potencias, ni altura ni profundidad, ni ninguna creatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8, 35-28).

            Los mártires de Silos nos recuerdan la invitación de Jesús a no tener miedo: No tengáis miedo de quienes matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma (Mt 19, 28).



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